blackcherry



 

Poesía de colaboradoras de Lesplanet.com

 

Madre tú querías una hija…
que siguiera el camino trazado de la sociedad,
sin embargo yo decidí hacer mi propio caminar,

Madre tú querías una hija…
que encontrara un príncipe azul para desposar,
sin embargo yo buscaba un amor de verdad,

Madre tú querías una hija…
que fuera una bella princesa al bailar,
sin embargo yo decidí ser guerrera y danzar,

Madre tú querías una hija…
que vistiera un hermoso vestido blanco de novia,
sin embargo yo quise vestir los colores del arcoíris,

Madre tú querías una hija…
que tuviera muchos hijos para cuidar y educar,
sin embargo yo decidí cuidar otros seres vivos,

Madre tú querías una hija…
que fuera heterosexual como las demás,
sin embargo yo sabía que era especial,

Madre tú querías una hija…
que caminara de la mano con un hombre,
sin embargo yo elegí la mano de una mujer,

Madre tú querías una hija…
Aquí está tu hija que te ama y no pidió una madre distinta,
solo pidió una madre que la comprendiera y amara, sin condicionar su forma de amar.

Judith F. Silva

 

 

No hubo duelo más anunciado

A Norma L. M.

Tu muerte la viví desde que te conocí.
Un duelo… no hubo duelo más anunciado.
La ternura que con la que llegaste
me prometió tanto.
Todo aquello que no iba a ser.

Hoy no me derramo en llanto
porque ya te he llorado tanto.

Te lloré cuando supe que tu deseo estaría repartido en dos
Aquella parte que jamás yo podría darte,
Aquella tu vida soñada que yo jamás podría darte,
Una parte de mi ilusión por ti se fue
cuando confirmaste eso:
vagina y pené, dos lugares en el mundo irreconciliables
entre dos mujeres… pensé…

A partir de entonces busqué
afanosa mi razón de quererte.
Cuánto te quería, ¿te quería realmente?

Renuncié a ti cuando tus andanzas te acercaban a mí
Y tú me mantenías lo más lejos que podías.
Mi voluntad minaba… era tu miedo lo que me alejaba.
¿No era suficiente amor para ti?
No era suficiente tu amor por mí.

Y es que después de algunos años de haber aceptado esa "yo";
de haber aceptado que mi amor de mujer por otras mujeres simplemente es;
el encierro, la angustia, el dolor de ocultar lo que una es
Ya no tiene razón de ser… es tan poco su peso
que no lo puedo comprender en otros,
ese miedo ya no lo entiendo.

Y lloro, está bien, lloro, sigo llorando dejarte.
La distancia, me repito, ¡la distancia otra vez no!
La distancia no fue… fue mi inexistencia en tu vida.

Merezco más…
Merezco ser aquella que por su amor estés dispuesta
a un universo.
No merezco a alguien mejor, te equivocas;
pero sirve bien a tu justificación para dejarme ir.

Merezco que alguien me quiera lo suficiente para
no dejarme ir, para decirme “quédate”,
para decirme “te quiero en mi vida”
para decirme “te quiero”
para decirme “te amo”
para decirme “ya no puedo estar sin ti”
para decirme “hoy no te puedo ver, pero no poder verte me parte el espíritu”
Merezco que alguien me tenga en sí misma como lo más bello que puede haber.

No merezco a alguien mejor, te equivocas;
Merezco algo mejor de ti…

No es que merezca a alguien que no tenga miedo
Merezco que alguien luche de a un paso a la vez contra ese miedo.

He llorado varias veces por ti, por lo que no puedo tener de ti y
por lo que no puedes ser para mí, he llorado
porque te lo pedía y no me lo dabas.
He llorado porque lo que necesitaba
tenía que pedírtelo todas y cada una de las veces.

He llorado, porque mi llanto no llega a ti.
He llorado porque en tu corazón no me albergas.
Porque frente a ti voy y vengo y tú
apenas vislumbras mi figura.
Mi corazón arde, se vuelve frío, mi piel se enciende
mi duda por tu amor crece
y tú apenas vislumbras mi figura.

He llorado porque sé que mañana no estarás,
Porque de todas y todos a los que has querido
Seré yo a la única a quién no regresarás.

Lloro del temor que tendré de no haberte logrado.
Lloro del dolor de la imposibilidad que tú y yo fuimos
Que no cesará…

Lloraré aún de tus besos, tu boca, tus ojos mirándome
Tú tibieza en mi abrazo
Tu cuerpo entregándose
de todo eso que no tendré nunca.
De que no te tendré nunca.

Lloraré por lo que no fuimos,
porque no fuiste la idea que tenía de las dos.

No lloraré por ti porque a pesar de que llegaste espléndida
Nunca sentí poderte tener plena,
lloraré entonces porque nunca te tuve en sí.

Me he dado cuenta que en el amor soy un soliloquio.
A ti preciosa, poco te pude escuchar.
O tú no me hablabas o yo no pude escucharte
Escuchar la naturaleza de tu amor por mí…

Me muerdo los labios
Me amarro los dedos,
Sujeto mis manos
para no
pedirte
que me pidas que regrese…

Laura Cruzher
5-abril-2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Alejandra Pizarnik

Romanticismo, Simbolismo y Surrealismo

Esta vez te presentamos a la poetisa argentina Alejandra Pizarnik. La vida de Alejandra, a pesar de su brevedad, nos ha dejado el legado de una biografía intensa llena de vivencias y preguntas. Ella, que vivió una infancia en su tierra natal, recoge los ecos del conjunto de las raíces que también fue construyendo con el paso de los días: París, Nueva York. Podría decirse, sí, que la escritura de Alejandra recoge voces, como así hace con los diferentes estilos de los que se sentía influenciada: romanticismo, simbolismo o surrealismo.

En su gran mayoría, su obra se remite a la poesía, que procede esencialmente del surrealismo. Es concisa, de temática nocturna y angustiada, muy elaborada. Aspira a la dureza y transparencia y la alcanza casi siempre. En los últimos años experimentó con textos en prosa, más largos. Según su visión, la poesía era la única capaz de darle razón y sentido a la vida, rigiéndola y configurándola


El Miedo

En el eco de mis muertes
aún hay miedo.
¿Sabes tu del miedo?
Sé del miedo cuando digo mi nombre.
Es el miedo,
el miedo con sombrero negro
escondiendo ratas en mi sangre,
o el miedo con labios muertos
bebiendo mis deseos.
Sí. En el eco de mis muertes
aún hay miedo.

Alejandra Pizarnik.

 

La última inocencia

Partir
en cuerpo y alma
partir.

Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.

He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.

He de partir

Pero arremete ¡viajera!


El Espejo de la Melancolía

...vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo modelo había diseñado ella misma... tan confortable era, que presentaba unos salientes donde apoyar los brazos, pudiendo permanecer muchas horas frente a él sin fatigarse.

Podemos conjeturar que habiendo creído diseñar un espejo, Erzébet trazó los planos de su morada. Y ahora comprendemos por qué sólo la música más arrebatadoramente triste de su orquesta de gitanos o las riesgosas partidas de caza o el violento perfume de las hierbas mágicas en la cabaña de la hechicera o –sobre todo- los subsuelos anegados de sangre humana, pudieron alumbrar en los ojos de su perfecta cara algo a modo de mirada viviente. Porque nadie tiene más sed de tierra, de sangre y de sexualidad feroz que estas criaturas que habitan los fríos espejos.

Nunca pudieron aclararse los rumores acerca de la homosexualidad de la condesa, ignorándose si se trataba de una tendencia inconsciente o si, por el contrario, la aceptó con naturalidad, como un derecho más que le correspondía. En lo esencial, vivió sumida en un ámbito exclusivamente femenino. No hubo sino mujeres en sus noches de crímenes. Luego, algunos detalles son obviamente reveladores: por ejemplo, en la sala de torturas, en los momentos de máxima tensión, solía introducir ella misma un cirio ardiente en el sexo de la víctima. También hay testimonios que dicen de una lujuria menos solitaria. Una sirvienta aseguró en el proceso que una aristocrática y misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a la condesa. En una ocasión las descubrió juntas, torturando a una muchacha. Pero se ignora si compartían otros placeres que los sádicos.

Continúo con el tema del espejo. Si bien no se trata de explicar a esta siniestra figura, es preciso detenerse en el hecho de que padecía del mal del siglo XVI: la melancolía.

Un color invariable rige al melancólico, su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre esa inercia. Este quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como si hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro, matarlo, entonces, habría exigido matarse.

Pero hay remedios fugitivos. Los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta puede iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación gratuita. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto.

De allí que ese afuera contemplado desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya “la farsa que todos tenemos que representar”. Pero por un instante –sea por una música salvaje, o alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia-. El ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa, y el yo vibra animado por energías delirante.

Al melancólico el tiempo se le manifiesta como suspensión del transcurrir –en verdad, hay que transcurrir, pero su lentitud evoca el crecimiento de las uñas de los muertos- que procede y continúa a la violencia fatalmente efímera. Entre dos silencios o dos muertes, la prodigiosa y fugaz velocidad, revestidas de variadas formas que van desde la inocente ebriedad a las perversiones sexuales y aun al crimen. Y pienso en Erzébet Báthory y en sus noches cuyo ritmo medían los gritos de las adolescentes.

El libro que comento en esta notas lleva un retrato de la condesa: la sombría y hermosa dama se parecen a la alegoría de la melancolía que muestran los viejos grabados. Quiero recordar, además, que en su época una melancólica significaba una poseída por el demonio.


 

 

Jaime Sabines

 

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han
de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más,
no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.

Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre "¡qué bueno!"
han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen
los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad,
verídicamente,
de las que creen en el amor como en
una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda
conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden
dolorosamente.



Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.

 

 

 

Mario Bennedeti
Descanse en paz


Cómo voy a creer? / dijo el fulano
que el mundo se quedó sin utopías

cómo voy a creer?
que la esperanza es un olvido
o que el placer una tristeza

cómo voy a creer? / dijo el fulano
que el universo es una ruina
aunque lo sea
o que la muerte es el silencio
aunque lo sea

cómo voy a creer
que el horizonte es la frontera
que el mar es nadie
que la noche es nada

cómo voy a creer? / dijo el fulano
que tu cuerpo / mengana
no es algo más de lo que palpo
o que tu amor
ese remoto amor que me destinas
no es el desnudo de tus ojos
la parsimonia de tus manos

cómo voy a creer / mengana austral
que sos tan sólo lo que miro
acaricio o penetro

cómo voy a creer / dijo el fulano
que la utopía ya no existe
si vos / mengana dulce
osada / eterna
si vos / sos mi utopía

Mario Bennedeti

 

 

 

Cuento Temática lésbica

Cuento: Porcelana



Me distraes. Estoy afeitándome las piernas y me he cortado las rodillas con la máquina. Me distraes, sí, me distraes. Solo puedo mirarte a través de la puerta del baño que he dejado entre abierta a propósito. Tú también me observas. Tus ojos parecen inertes, fijos en mi desnudez. Tu cuerpo completamente inmóvil. Pareces disfrutarlo. Estás sentada en el sillón de siempre. Tus piernas no llegan al suelo, me da risa. Es que siempre fuiste pequeña, mucho más que yo. Pero eso nunca importó. ¿Qué importaban nuestras diferencias si desde que nos conocimos, no pudimos dejar de observarnos? ¿Lo recuerdas? Yo tartamudeé un "eres hermosa", tú sostuviste la mirada. Parecías haber caído bajo un encantamiento o sentiste el chispazo. Sí, ese chispazo que nos dejó solas, que hizo que ignoraras a todos los demás y te concentraras en mí. Me seguiste, me buscaste. Entonces no pude dejarte. Te di un beso en la mejilla y decidí que serías mía. ¡Ay, serías mía! ¡Ay! Me he vuelto a cortar. Una gota de sangre se desliza por mi pierna hasta manchar la toalla. ¿La viste? Claro, tú siempre atenta, observadora, no has cambiado nada desde que te traje. Recuerdo ese día también. Te tomé entre mis brazos, olí tu cabello, te llené de regalos. ¡Fui tan predecible! Tú abriste los ojos completamente y su vacío se llenó de esa ternura que solo yo puedo ver. Sí, pequeña, para los demás siempre fuiste demasiado fría, demasiado silenciosa. Para los demás estabas muerta. Pero para mí siempre fuiste distinta, sobre todo cuando metía mis manos dentro de las blondas de tu vestido porque las tenía frías, más frías que la piel de tu pecho o los pliegues de tu entrepierna que tanto me gustaban. Y tú sonriente, siempre sonriente, me dejabas explorarte. Nunca borraste esa sonrisa de tus labios, pequeña, por más extrañas que parecieran mis caricias o más estúpidas sonaran mis excusas para poder tocarte.


Ahora me miras con esa misma sonrisa imborrable y esos ojos que parecen cristales en donde todo se refleja: nosotras, nuestra realidad, nuestros encuentros y también, nuestra despedida. Sonríes, parece que no eres consciente de lo que va a suceder cuando termine de vestirme y escuche su voz recordándome que debes partir. Argumenta, la muy ilusa, que soy demasiado grande para que continúes a mi lado. No la entiendo, tú siempre fuiste mucho más pequeña que yo, pero eso nunca fue un problema. Todo es cuestión de acomodarse, de sentirse, de quererse sin que nadie se dé cuenta, pensé y siempre fue así. Ahora me observas sin hablar y yo sigo cortándome las rodillas porque me distraes.


Pequeña, pequeña. ¿Sabes? Me conquistaste cuando, sentada al filo de mi cama con las piernas ligeramente abiertas, dijiste en voz alta "quieres jugar conmigo" y yo, sin saber qué responder, te besé en esos labios tan rosados que tienes. Tú, aún mirándome, susurraste después de varios "mmms" que no pensabas cerrar los ojos como yo porque te hacía gracia ver la cara de idiota que ponía cuando jugaba a besarte. Ay, para ti besar siempre fue un juego, pequeña, como poner la mesa para tomar el té, como maquillarnos con los cosméticos de mi mamá, como desnudarte y dejarte acariciar mientras te cambiaba el vestido para salir a pasear o como cuando me decías casi gritando "eres linda, no dejes de jugar conmigo" cada vez que te apretaba la barriga para hacerte cosquillas. Y siempre sonreías, pequeña, porque nunca has podido borrar esa sonrisa que ahora mantienes como si no supieras lo que va a ocurrir.


Espera, no te muevas. Me pongo la bata, me acercó a ti con las rodillas cortadas por la máquina de afeitar. Me siento a tu lado, te acomodo el cabello que se te ha despeinado un poco, te ajusto la cinta. Siempre te he cuidado, siempre me he preocupado por ti. Ella, la que dice que soy muy grande para ti, no comprende que nadie va a cuidarte como yo te cuido. Nadie sabe cómo cepillar esos rizos para que no se deshagan, nadie sabe que te gusta hasta que planchen tu calzón bombacho, nadie sabe que prefieres las cintas de terciopelo a las de seda. Seguro te tratarán mal, no consentirán tus caprichos. Tú guardas silencio, estás fría al tacto como siempre. Sonríes, me he acostumbrado a tu sonrisa, pero hoy me duele. Me abro un poco la bata, lo notas. Tu manito se cuela entre mis piernas. Te veo, tienes los ojos completamente abiertos para ver mi cara de idiota cuando llegue al orgasmo. Acaricias con delicadeza, suspiro. Acercas tus labios, gimo. Gracias por todos los orgasmos, pequeña hermosa, gracias y perdóname porque nunca fui tan buena como tú, porque a pesar de conocer cada milímetro de tu cuerpo, nunca fui capaz de hacerte decir más que ese "eres linda, no dejes de jugar conmigo" mientras lo acariciaba. Sonríes, me miras nuevamente. Me acerco a tu boca, te beso. Huele a mí, pequeña, huele a mí desde el día que nos descubrimos en la cama desnudas, solas y completamente libres. ¡Ay, cuando tu sonrisa no me dolía tanto como ahora! Continúas, aceleras y yo termino una vez más. Tú sonríes. Te abrazo, temo que ella venga y me separe de ti. No entiendo cómo esto de ser más grande que tú se ha convertido en un problema.


Sigues sonriendo y comienzo a odiarte, no puedo borrar la sonrisa de tu cara a pesar de que te digo las cosas más tristes que se me ocurren. Te alejo, me miras con frialdad. Me levanto del sillón, escucho sus pasos, su voz… ¿Ya vas a bajar? Se nos hace tarde… ¡No quiero!, te digo. Espero verte llorar, pero no, tú conservas tu sonrisa intacta. Te acaricio la mejilla, tu piel se siente más fría que nunca, tus ojos vuelven a estar vacíos. Te odio, te reclamo. Tú guardas silencio. Te agarro de la cintura, te levanto. Ser más grande que tú tiene sus ventajas. Te empujo contra la pared y comienzo a darte golpes contra ella. No dices nada, no haces nada. Te quiebras, parece que tu cabeza se ha partido en dos. Tus ojos salen de su órbita, tu cabello se alborota, tu cinta se desata. Tus brazos se agitan, se rompen. Lo mismo pasa con tus piernas. Pequeños pedacitos de porcelana comienzan a caer al suelo. Pero conservas tu sonrisa, tu estúpida sonrisa que ahora detesto. Te dejo caer y terminas de romperte. Me arrodillo a tu lado y es tu sonrisa, que no se ha quebrado con los golpes, la que esta vez corta mi rodilla.


Ella sube, te ve en el suelo, grita. Yo la miro, la odio. Todo ha sido su culpa… Tan bonita que era, ¿por qué has hecho esto? ¡Alguien más pequeña que tú pudo conservarla!... ¡Porque no quiero que sea de nadie más!… Siempre has sido una egoísta. Vámonos de una vez, ¡apúrate! No olvides bajar las bolsas con las otras cosas… Ella no entiende, pero tú sí. Recojo el pedazo de porcelana. Vuelves a sonreírme, aunque nunca dejaste de hacerlo.

Jennifer Thorndike
Escritora

Nacida en el 83 en Lima - Perú

Escritora, diseñadora y dicen que niña mala y loca. Quizá tengan razón. Así es como Jennifer Thorndike inicia su propio Blog que lleva el mismo nombre de su primer trabajo editado: Cromossoma Z


"El nombre de Cromosoma Z nació como algo simbólico, no diferencial, mas si representativo y referencial de mi orientación sexual. Luego le di ese nombre a mi primer libro". Jennifer Thorndike


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Maquillaje corrido
Cuento / Jennifer Thorndike

Cuatro paredes blancas me rodean hace bastante tiempo. No sé cuántos días, meses o años llevo aquí, pero calculo que no han sido muchos porque todavía conservo el color de mi cabello y la tersura de mi rostro. Sé que algún día las canas y las arrugas aparecerán y solamente me quedará seguir esperándola. Nunca pensé que sería así, pero cuando una está loca por voluntad propia no queda más que ver pasar los minutos sin siquiera intentar detenerlos… Si tan solo, si tan solo, si tan solo vinieras, pienso de vez en cuando y ese pensamiento siempre hace que mis ojos se humedezcan. Muchos celebran ese hecho porque solo así parece que estoy realmente viva… ¡Pero si estoy viva, carajo!... Estúpidos.

La cama es bastante cómoda, aunque he de confesar que cuando uno lleva mucho tiempo echada encima de ella hasta el colchón más blando parece de piedra. Una vez al día entra una de esas mujeres de atuendo blanco, quien me aplica una de esas inyecciones que me hacen olvidar por un momento lo consciente que estoy, aunque muchos no lo crean así. Entonces me sientan frente a la ventana y observo. Me aburre hacerlo, odio hacerlo. Odio sentirme estúpidamente perdida entre el ensueño y mi realidad. Si pudiera, les diría que dejen de aplicarme esa medicina o que me la apliquen cuando el dolor de su estúpido recuerdo es tan intenso que me perturba. Miro alrededor. Veo la mesita redonda y encima está mi laptop. Me la han traído para ver si así decido comunicarme o hacer algo, pero sinceramente eso ya no me interesa. Me he sentado infinidad de veces frente a ella y he acariciado el teclado, pero no siento nada. Encenderla no tiene sentido. Todo perdió sentido mucho antes de que me trajeran a este lugar.

Él viene seguido y odio que lo haga. ¡Carajo! Debería decirle que se largue, pero debo guardar silencio. Se sienta frente a mí, me toma de la mano y me besa en los labios resecos. Siento asco, siempre sentí asco. Los he repudiado durante toda mi vida, sobre todo a él… ¿Cuándo se va a cortar esa cola? Puaj, qué horrible… Me acomoda el cabello con sus manos toscas, me lo jala sin darse cuenta y yo lo odio porque él está demasiado lejos de lo que yo siempre he deseado. No se cansa, nunca se va a cansar. Cada vez que viene me ruega que le hable, que le diga algo. Hace mucho dejé de hablarle, hace mucho que ni siquiera lo miro a los ojos porque no encuentro nada en ellos. Quisiera que desaparezca ¡Por favor, la inyección! Pero está ahí contándome sobre su vida… No me importa, ¿entiendes? ¡Lárgate!… sobre los planes que tiene conmigo para cuando yo me recupere, sobre la casa que está arreglando para vivir juntos… ¡Ya cállate! ¡Me aburres!, pienso, pero guardo silencio. Él se desespera, aprieta el puño, frunce el ceño, se muerde los labios… Volverás conmigo, sí, y tengo grandes planes solo para nosotros… Se calma… Eres mía, sí, siempre lo serás… Ahora quien se desespera soy yo... No, no, no, de nadie, de nadie soy. Cállate, idiota ¿Por qué no la traen a ella? Médicos idiotas… Él nunca logrará que yo articule palabra alguna, pero ella sí. Ella podría saludarme y yo la saludaría de vuelta. Entonces nadie me retendría, no, yo no me retendría en este cuarto donde me encerré para huir e intentar olvidar que allá afuera nunca podré tenerla… Pero, sí, aquí la tengo, aquí la abrazo, aquí está a mi lado y siento su olor, percibo la textura de su piel. Aquí estás, linda, pero allá afuera, ¡allá afuera desapareces!… Esa debe ser la razón por la cual decidí hacerlo. En ese momento solo supe que debía escapar de su presencia que estaba en todas partes, pero que no estaba en realidad. En cambio aquí, aquí… Aquí sí estoy junto a ella, cerca, muy cerca, ¿aquí, linda? Donde quieras… La quiero tanto… Solamente a ti podría hablarte, solo por ti regresaría… Pero ella jamás vendrá y dicen que yo ya perdí la razón. Me aislé de mi Lima, de mi casa, de mis amigos, de mi familia, de él y de mí misma. Este cuarto blanco es tan hermoso. Cierro los ojos. Así la veo, así la puedo tocar una vez más. Eso es todo lo que importa.

Yo se lo había dicho un día ya hace mucho tiempo. En realidad, no quería admitirlo, me rehusaba a hacerlo. Me había enamorado de ella… Pero ya me pasará, es solo un gusto, ¿no?... Ya nos habíamos besado, ya había recorrido su cuerpo un día que estábamos ebrias. Me había metido entre sus pechos y los había besado aferrándome a cada pedazo de su piel para terminar en el costado de su cuello succionando su esencia y pidiéndole más, más y más. Ella solo emitía gemidos cortos, imperceptibles. Mi rodilla había ido a parar en su entrepierna y mis manos en sus nalgas. Luego mis dedos enredándose en su cabello, mis labios aferrados a sus besos, mis dientes mordiendo, rechinando, explorando. El placer, el bendito placer mezclado con amor y con alcohol. Había terminado dormitando abrazada a su cintura. Abrí los ojos y… Por la reconcha su… Ella no recordaba absolutamente nada y yo me había maldecido por haber comprado ese vino tinto que a mí tanto me excitaba y a ella tanto la aletargaba… ¡Vino borgoña Queirolo de mierda!... Entonces, se lo había contado todo mirándola a los ojos verdes y añadiendo que yo estaba enamorada. Ella me miró con el ceño fruncido y me dijo: Chérie, jamás te podría ver como pareja porque tú eres como mi hermana. Además, tú sabes que me gustan más los chicos. ¡Carajo! ¿Tenía que mandarme a la mierda en francés? Con lo que me gusta ese idioma. Levanté una ceja… ¿De cuando acá haces el amor con tu hermana?, me pregunté, pero guardé silencio. A pesar de que ella era bisexual, con ese argumento me había negado la posibilidad de que yo siquiera intentara enamorarla. Entonces, me levanté, tomé mi ropa y me fui antes de que la cosa se pusiera peor o le hiciera una escena dramática… Me había rechazado, chérie, y yo enamorada, muy enamorada… ¡Puta madre!

Nos habíamos encontrado en muchas reuniones después de la noche del vino y todas aquellas veces me había mordido los labios para contener las ganas de estar con ella otra vez y aspirar su aliento, morderle la boca, perderme en su entrepierna. Ni siquiera podía mirarla a los ojos… ¡Ahorita se da cuenta!... Tenía miedo de que cualquier gesto me delatara ¿cómo ahora? Mierda, ya estoy lagrimeando otra vez, ahora estos tarados se alegran. En fin, todavía pensaba en ella… ¡La odio!... Quería algo con ella… ¡Mierda!... No lo soporté y en la última reunión decidí irme temprano porque las ganas de llorar iban a estallar en cualquier momento. Camino a casa, decidí decirle al taxista que tome otra dirección y me bajé en una calle miraflorina para comprar un café y desatar aquel estúpido llanto contenido que había aguantado estoicamente en su presencia. Caminé con el café en la mano y sentí la humedad calando por mis fosas nasales mientras pensaba en sus ojos verdes casi amarillos y en sus caderas en las que alguna vez había hundido las uñas. Así comprobé que a falta de Madrid, Paris o San Francisco siempre me quedaba mi Miraflores limeño y mojado en donde un café era suficiente para comenzar a pensar en lo patética que es tu vida. Así que pensé mucho sin entender esa estúpida connotación filial que algunas amigas deciden darte como halago para joderte la vida. Rabié, tiré mi café a la pista y un carro chancó el vaso mientras yo me rascaba los ojos que me escocían horriblemente.

Caminé esquivando cucarachas y volteando a cada rato la cabeza para ver si alguien me seguía… Quizá se haya arrepentido y… no, esas cosas no pasan… Entonces agarré mi celular y encontré el número de él. Él me había dicho infinidad de veces que yo era la mujer de su vida y yo, infinidad de veces, lo había mandado a la mierda. Lo odiaba. Pero esa noche, ¡esa noche qué más daba! Lo llamé y lo vi. Llegó con su aspecto desgarbado, su ropa oliendo a nafta, su palabrería cursi. Tomamos otro café, escuché las mismas tonterías de siempre y lo seguí a un hotel en donde le arañé la espalda pensado en ella, en donde me perdí en su erección alucinado que en verdad me sumergía en las profundidades de la mujer que de seguro andaba mirando películas. Películas estúpidas con galanes estúpidos rebosantes de estúpida sensualidad masculina a quienes ella, por supuesto, no consideraba sus hermanos. ¡Imbéciles! ¡Cuántas veces me habían hecho maldecir el hecho de haber nacido sin algo entre las piernas! Terminamos, él jadeaba, yo no quería escucharlo… Al fin, al fin, no más… Quise alejarlo de mi lado, me sentía bastante perturbada. Ella había estado en cada lugar, en cada grito, en cada orgasmo.

Pasaron varias citas con él mientras ella seguía indiferente conmigo, aunque he de confesar que tampoco insistí en el asunto. He olvidado exactamente cuánto tiempo pasó, pero pasó mucho. Yo la seguía observando y ella no se daba cuenta, yo la seguía deseando y ella me quería como su hermanita, yo necesitaba besarla y ella ni siquiera intentaba acercarse a mí, yo recibía la propuesta de matrimonio de él acompañada de un anillo que jamás usé y ella me felicitaba airosa abrazándome como abrazas a cualquiera. Acepté y así fue como tomé el camino que finalmente terminó en este cuarto blanco con mujeres vestidas de blanco y la mente divagando y poniéndose en blanco, sobre todo cuando me inyectan ese líquido mágico que borra todas las imágenes de su presencia que siempre me rodea. Odio la inyección, pero la necesito.

Llegó el día. Todo era perfecto. El vestido color perla con mariposas bordadas, el cabello cayendo sobre mis hombros y adornado con flores, los zapatos altos, el maquillaje natural, resaltando lo indispensable. Me miré al espejo y me sentí preciosa, pero incompleta. Sabía que estaba cometiendo un error, que yo no sentía absolutamente nada por él. Me pregunté por qué lo hacía y no encontré respuesta alguna. Quizá era una forma de calmar mi dolor, de evadirla a ella completamente, de intentar sacarla de mi mente, de probar si podía amar a otra persona. Salí de la habitación, me subí al auto y entré a la iglesia. Los pasos lentos, la alfombra roja, la hilera de caras conocidas. Entonces la vi y ¡carajo!, estaba ataviada con un vestido azul oscuro que dejaba al descubierto aquellos pechos que alguna vez había mordido con enajenación. Me detuve un momento… Linda, Dios, tan linda como siempre, susurré. Ella sonrió orgullosa, me dio un empujoncito hacia el altar y yo sentí ganas de llorar una vez más. Pero no, no iba a permitir que se me corriera el maquillaje por un llanto que ya no tenía sentido. Allá adelante me esperaba un hombre que yo detestaba para darme una vida que probablemente me iba a hacer completamente infeliz.

La ceremonia fue tediosa, quería que se apurara, que terminara. Cuando llegó el momento de la pregunta de rigor, sentí que ese infierno estaba llegando a su fin. Entonces levanté la mirada… Acepta usted a… Vi el crucifijo, Cristo sangrando por sus heridas, su rostro endurecido formando un rictus de dolor. Los vitrales dejando colar la luz, la Virgen María estirando su mano protectora. Sentí la mirada de él sobre mí. Quería que respondiera. El sacerdote había formulado la pregunta y ya había pasado el tiempo prudencial para recibir la respuesta, pero yo no podía articular palabra… Amor, responde, por favor… ¡Cállate!, ¡cállate para siempre!, pensé. Sus ojos verdes fijos en mi espalda, el empujoncito, los ángeles pintados con sus sonrisas burlonas, el crucifijo con el Cristo adolorido, la Virgen ofreciendo el camino a la libertad. Sentí que mis ojos, al fin, se mojaban. Entendí que el infierno no acababa ahí, sino que recién empezaba en ese momento y que el yo-sin-ella era parte de ese infierno en el que yo no deseaba vivir... ¡Amor, responde!... Deja de gritar, rogué sin mover los labios. Entonces decidí callar, callar para siempre mientras un surco grisáceo marcaba mis mejillas. Se me corrió el maquillaje. Entonces me sentí viva, escapé. Desde ese día no he vuelto a hablar, ni volveré a hacerlo hasta que ella me lo pida. Sí, desde ese día comenzó lo que ellos llaman “mi locura”.

© Jennifer Thorndike

Cromosoma Z, está constituido por diez relatos que abordan con bastante frescura, soltura y un buen manejo narrativo la temática homoerótica femenina en donde el amor, el desamor, la locura y la libido forman parte de una realidad que existe, pero que pocos se atreven a observar.


 

 

Tatiana de la tierra
Escritora
Textos aportados por Colectivo Diversiless A.C.

Emigró a Miami, Florida en 1969.
Se emputó para siempre.
Se volvió roquera y marihuanera.

Se enamoró de una mujer salvaje.
Se convirtió en una mujer salvaje.

Nació en Villavicencio, Colombia, América del Sur el 14 de mayo de 1961.
Era dulce, tierna, obediente y amorosa.

Emigró a Miami, Florida en 1969.
Se emputó para siempre. Se volvió roquera y marihuanera.

Se graduó de South Dade Senior High en Homestead, Florida en 1979.
Se transformó en una hippie.

Se graduó de Miami-Dade Community College con un Associate in Arts en 1981.
Se enamoró de una mujer salvaje. Se convirtió en una mujer salvaje.

Se graduó de la Universidad de la Florida con un Bachelor of Science en psicología en 1984.
Se convirtió en una lesbiana odia-hombres.
Se hizo masajista.
Se hizo prestamista.
Se hizo gitana.
Se hizo una femme con botas de combate.
Se hizo editora.
Se hizo activista.
Se hizo salsera.
Se hizo hedonista.
Se hizo escritora.
Se hizo pobre.

Se hizo ciudadana de los Estados Unidos de América en 1995.
Todavía estaba emputada.

Se graduó de la Universidad de Tejas de El Paso con una Master of Fine
Arts en creación literaria en 1999.
Se hizo profesora.
Se hizo escritora con credenciales.
Se hizo pornógrafa
.

Se graduó de la Universidad de Buffalo en Nueva York con una Master of Library Science en 2000.
Se hizo bibliotecaria.

Y la moral de este cuento es: una niña emputada se hace lo que le da la gana.




Dime cómo tienes los labios y te diré quién eres

Autora: Tatiana de la tierra

Hay lesbianas duras:

Éstas son las que se ponen los pantalones y
a veces ni se los quitan. Éstas son las peligrosas. 
Las machas. Las que se montan.  Las que cogen. 
Las que muerden. 
Las que penetran.  Las que dominan. 
Las que todo el mundo sabe lo que son. 

Éstas son las más excitantes. 
Saben entonar el deseo de una mujer. 
Saben cómo hablarle a las tetas, cómo
persuadir a los pezones. 
Saben el significado de cada sonido. 
Saben acariciar y agarrar y comer. 
Saben engatusar gritos y calmar ansias. 
Saben cómo endurecer una clítoris y además,
saben qué hacer con ella.


Hay lesbianas muñecas:

Éstas son las de los labios rosados y las uñas rojas. 
Son las maquilladas y perfumadas.  Las femeninas. 
Las que se dejan montar.  Las que se dejan coger. 
Las que se dejan morder, penetrar, dominar. 
Las que no todo el mundo sabe lo que son.

Éstas son las más excitables.  Saben soltar el deseo.  Saben cómo hablar con las tetas, cómo dar los pezones.  Saben calibrar cada sonido.  Saben dejarse acariciar y agarrar y comer.  Saben gritar y llorar.  Saben cómo dejar que le endurezcan su clítoris y además, saben qué hacer con ella.

Hay lesbianas arcilla:

Éstas son las que se ponen los pantalones y se los dejan quitar.  Son las deportivas, las andróginas, la nueva generación.  Son las que se montan y se dejan montar. 
Las que cogen y se dejan coger.  Las que muerden, penetran, dominan y se dejan hacer de todo también. 
Las que todo el mundo cree, pero no están seguros de que son.

Éstas son las más excitadas.  Cantan y bailan el deseo. 
Se hablan con las tetas  y se timbran de pezón a pezón.  hacen ruidos y se acarician y se agarran y se comen simultáneamente.  Saben hacer gritar y lloran. 
Saben endurecer y dejar que le endurezcan su clítoris y además, saben que hacer con ella.


Publicación:

de la tierra, tatiana. Para las duras:  Una fenomenología lesbiana. San Diego: Calaca Press, Buffalo: Chibcha Press, 2002.

Publicado en Para las duras: Una fenomenología lesbiana (Calaca/Chibcha Press, 2002)







En la edición pasada te presentamos an esta sección
A una grande le las letras en nuestros tiempos:


cristina peri rossi, sitio para lesbianasCRISTINA PERI ROSSI
Escritora
(Uruguaya, Montevideo 12 de noviembre de l941)

*Ha luchado contra las dictaduras, a favor del feminismo y de los derechos de los homosexuales.

Ama los animales, detesta la lidia de toros, le gusta el fútbol, la ópera, los días grises, el cine europeo, las ciudades por-tuarias, los juegos y la biología, vestirse de blanco y ha dejado de fumar, por motivos de salud, no de placer.

Su obra abarca todos los géneros: poesía, relato, novela, ensayo, artículos y es considerada como una de las escritoras más impor-tantes de habla castellana, traducida a más de quince lenguas.

Te presentamos parte de su Obra

 

LA PASIÓN

Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.

"Babel bárbara" 1991


ORACIÓN

Líbranos, Señor,
de encontrarnos
años después,
con nuestros grandes amores.

"Inmovilidad de los barcos" 1997



ÚLTIMA ENTREVISTA

La última entrevista fue triste.
Yo esperaba una decisión imposible:
que me siguieras a una ciudad extraña
donde sólo se había perdido un submarino alemán
y tú esperabas que no te lo propusiera.
Con el vértigo de los suicidas
te dije: « Ven conmigo» sabiéndolo imposible
y tú -sabiéndolo imposible- respondiste:
«Nada se me perdió allí» y diste la conversación
por concluida. Me puse de pie
como quien cierra un libro
aunque sabía -lo supe siempre-
que ahora empezaba otro capítulo.
Iba a soñar contigo -en una ciudad extraña-,
donde sólo un viejo submarino alemán
se perdió.
Iba a escribirte cartas que no te enviaría
y tú, ibas a esperar mi regreso
-Penélope infiel- con ambigüedad,
sabiendo que mis cortos regresos
no serían definitivos. No soy Ulises.
No conocí Itaca.
Todo lo que he perdido!

"Inmovilidad de los barcos" 1997


AMOR CONTRARIADO

Cuando a las dos de la mañana
te llamo por teléfono
desesperadamente
para decirte que haría el amor hasta morir
detesto que como un reloj cucú me des la hora
me preguntes
si he tomado la pastilla para dormir
si he ido al médico
si he entregado por fin
el artículo del periódico
si he cenado
bajo en colesterol.

Si hubiera hecho todas esas tonterías
estaría igualmente insatisfecha

y además

considera
que no será nada frecuente
en la poca vida que te queda
que alguien te llame a las dos de la mañana
para decirte que haría el amor hasta morir
porque a los cincuenta nadie tiene ganas de hacer el amor hasta morir
(prefieren morir de cosas normales como cánceres
tumores infartos cerebrales)

A los cincuentaya nadie es romántico
todo el mundo ha aceptado el fracaso
la hipotecae
l matrimonio vulgar
gay o hetero
lo mismo da
Sólo algunos locos se pierden en el mar
en una barca solitaria
sólo algunos locos escriben libros
sólo algunos locos se emborrachan
de alcoholes interiores
Sólo algunas locas
llaman a las dos de la mañana para decir
haría el amor hasta morir
y sin preservativo.
Cristina Peri Rossi

 

Les Recomendamos el libro: Poemas de
Amor y Desamor, que es un Compendio de entre varios libros de Cristina Peri Rossi.